Encontrar a Cristo en nuestro sufrimiento
Roma, Italia
Siempre me ha atraído el Cristo sufriente. Quizás sea porque en nuestro sufrimiento, Él siempre se acerca más a nosotros, sin permitir que pase un solo momento sin Su presencia. En nuestros momentos de dolor y tristeza, Cristo nos abraza con más fuerza. Santa Teresa de Calcuta escribe maravillosamente que esos momentos no son más que el beso de Jesús, una señal de que nos hemos acercado tanto a Cristo que Él puede besarnos.
Pienso en esto mientras mis hermanos y yo nos encontramos frente a la Santa Escalera, uno de los santuarios más importantes de Roma. Según la antigua tradición, estos 28 escalones son los mismos que subió Jesús en su camino hacia el tribunal de Poncio Pilato durante su Pasión. Se dice que esta escalera fue traída de Jerusalén a Roma durante el siglo IV por Santa Elena, madre del emperador Constantino. Hoy en día, peregrinos de todo el mundo suben estos escalones de rodillas mientras meditan en oración sobre la Pasión de Cristo.
Cuando te acercas a la Escalera Santa, el peso de la historia y la crudeza del sufrimiento de Cristo se hacen palpables. Cada escalón, al ascender de rodillas, es una invitación a adentrarse más profundamente en el misterio de su Pasión. Hay algo profundamente humilde en esta experiencia. El acto físico de arrodillarse y ascender parece reflejar nuestro propio camino por la vida: a menudo laborioso, a veces doloroso, pero siempre acercándonos más a la Cruz.
Estos pasos nos recuerdan que el sufrimiento no es el final, sino un camino que nos lleva a una unión más profunda con Él. En cada dolor, en cada momento de cansancio, Cristo está ahí, compartiendo nuestro sufrimiento y acercándonos más a Él. Al seguirlo en este camino, descubrimos que cada paso, aunque difícil, nos acerca más al amor y la gracia que nos esperan al pie de la Cruz.
-Michael James, Eparquía católica siro-malabar de Santo Tomás de Chicago



